Convivir con un adolescente

Me pregunto: ¿quién no ha tenido la oportunidad de compartir su vida con algún adolescente o, al menos, pasar tiempo cerca de uno?… Es, sin duda, una experiencia enriquecedora. Te pone a prueba y te destruye los nervios poco a poco mientras te mantienes en ascuas permanente. Te enseña a estar alerta en todo momento, porque siempre te sorprenden con algo nuevo. Día a día te sientes como la sobreviviente de una tormenta, y por más que pasa el tiempo la calma no llega.

Se conocen por andar como ausentes por la vida. Se desenvuelven en una frecuencia diferente, paralela a la de todos los demás. Tienen un mundo propio, y cero interés en conocer el tuyo. Sintonizan un canal diferente, porque el canal de ellos es, simplemente, el correcto. Se sabe que sufren cambios drásticos y difíciles. Están llenos de problemas profundos, importantes, los cuales no tiene sentido compartir porque tienen la certeza absoluta de que nadie los entenderá. Y es que ni siquiera ellos entienden bien lo que les sucede. Lo único que sí parecieran tener claro es que quieren discutir. Llevar la contra a como dé lugar. El tema no importa, aquí lo que vale es el enfrentamiento, la pelea, el reclamo constante. Si lo que quieren es validarse, lo harán por oposición a lo que sea que se les proponga.
Aunque por un lado son cerrados, practicantes de un ostracismo inquebrantable que hace imposible llegar a ellos, al mismo tiempo son absolutamente predecibles.

Entro a la casa y sé positivamente si mi adolescente ha llegado. No sólo eso, puedo seguir la huella de sus pasos hasta descifrar dónde está y qué está haciendo. La mochila tirada en la escalera me indica que llegó del colegio. Pasó por la sala de estar, pues ahí hay un zapato (¿tendrá puesto el otro?). Parece que venía con hambre y fue a la cocina con la intención de prepararse unos cereales, y como propio de su etapa de crecimiento el poder de decisión no es aún lo suyo, varias cajas quedaron abiertas sobre el mesón. Esperando que calentara la leche (el microondas tiene la luz encendida), intuyo que comió galletas porque el tarro quedó destapado y las migas desaparecen en dirección al baño. Ahí quedó el asiento arriba y la toalla en el piso. ¡Y ahí está el otro zapato!

Es un huracán que va desordenando por donde pasa. ¡No lleva ni 10 minutos desde que regresó del colegio y yo ya tengo instintos criminales contra mi adolescente! Ahora va a mi dormitorio. Toma el control remoto de la mesa y se tira sobre la cama. No se sienta, no se recuesta, insisto: se tira. ¡Si hasta rebota sobre el colchón! Y yo, desde la puerta y con el corazón apretado, no le quito los ojos al plato de cereales que se sacuden con él al mismo ritmo. Respiro. No botó ninguno y esta vez el cubrecamas se salvó.

Le pregunto estúpidamente (cuando me pongo nerviosa siempre pregunto tonteras de las que luego me arrepiento cuando ya es muy tarde): ¿por qué no te quedaste viendo TV en la sala de estar? Sin mirarme me contesta lo obvio con ese tono especial que usa para responder preguntas estúpidas: “porque estaba cansado y quería echarme” (El “¿te quedó claro?” viene implícito y no necesita decirlo).

Me retiro debatiéndome si acaso será falta de consideración, poco respeto, desfachatez, insolencia o todas las anteriores. En eso estoy, en pleno proceso de asimilación de lo ocurrido, cuando de pronto se aparece él. Entiendo que ya sació su hambre y aplacó su furia interna. Como si recién me hubiera visto me abraza cariñoso, me besa y me dice que estoy linda. ¡Qué actitud bipolar de mierda, me va a volver loca!

En otras ocasiones utiliza el método “eres tú la loca” que te envuelve y manipula de tal forma que te hace dudar. Les doy un ejemplo claro de esto: estás muy molesta porque ya le has pedido algo por enésima vez y no sólo no te responde, sino que además no lo hace. Respiras profundo, cuentas (con suerte llego a tres, soy un poco ansiosa), sacas esa voz grave que llevas dentro y lo llamas, golpeado, con voz de mando. No responde (es que generalmente están ocupados, siempre tienen cosas muy importantes que hacer). Lo vuelves a llamar, pero claro, tu voz grave con tono autoritario ya suena a feriante ofreciendo fruta. Entonces responde con un encantador “Queeeeeeé!!!”, tono que despierta mis instintos más básicos. Y sin moverse de su lugar repite: “Queeé!!!” Otra vez acariciando mis nervios.

-¿Sería posible que vinieras?, le grito.

Ante esto, se apersona como si nada. Caminando lento, sin alterarse y con cara de santito de primera comunión, te dice:
– Mamá, ¿te das cuenta?
– ¿Te estás escuchando?
– Tú me gritas, ¿cómo vamos a conversar si me hablas en ese tono?
– ¡Estás claramente alterada!

A estas alturas ya entras en pánico con la sola idea de que efectivamente estás enloqueciendo y te bloqueas. Súmale a eso, el deterioro de mi memoria de corto plazo, y ya olvidé el motivo inicial por el que lo llamaba. Ya no importa.

A pesar de todo, debo decirles que a veces quiero a mi adolescente con todo mi corazón. Pienso que por él cualquier trabajo, por difícil que parezca, valdrá la pena. No tan solo creo entenderlo, me pongo en su lugar y hasta lo compadezco por lo que siente y está pasando. Pero otras veces, que no son pocas
ruego para que termine esta tortura y, crezca de una buena vez.

El sábado pasado tuve una impresión que no puedo dejar de contar. Me desperté sintiendo ruidos en el segundo piso, era mi adolescente en la ducha. Pensé que estaba equivocado de día y que se había levantado por error. Pero no, al rato apareció por la cocina, vestido, peinado y no tan solo eso sino que además traía la toalla mojada en la mano para colgarla. Tenía cara de hombre de negocios, es decir serio como con un objetivo claro en su vida, decidido.
Impresionada aún, le pregunto en voz baja:
– ¿Vas a salir?
-Voy a estudiar- responde seco.
Como aún era temprano, pensé que era parte de un sueño. Pero no. Era la realidad. Efectivamente estaba frente a mí peinado y vestido. No hablé más, la verdad, no me atreví a hablar para no romper el hechizo.

Cuando subí al segundo piso y vi su dormitorio, me invadió un pánico tremendo: la cama estaba hecha, no había nada tirado en el piso, todo guardado y en estricto orden, la pieza estaba impecable. Ahí pensé que alguien me estaba ocultando la verdad, que tal vez yo tenía algún tipo de enfermedad terminal que no querían revelarme. Sospechaba que había gato encerrado en este drástico cambio de actitud. No podía creerlo. De vez en cuando durante la mañana me arrancaba a mirar su pieza desde la puerta, claro, para que no se diera cuenta y se molestara el “pajarito”. Quería asegurarme de lo que había visto. Hasta reconozco que toqué distintas partes de mi cuerpo un par de veces solo para asegurarme que nada me dolía y que de verdad estaba bien de salud.

Esto duró exactamente hasta pasado el almuerzo. Ya a media tarde todo volvió a la normalidad. ¡Fue tan lindo mientras duró! No recuerdo haberlo querido tanto, si hasta sentí que había madurado un poco.

Nadie puede volver a ser el mismo después de haber compartido su vida o estar cerca de un adolescente. Si sobrevives a ello, te sentirás capaz de enfrentar los desafíos más peligrosos y salir triunfante. Después de todo, debo considerar que yo también sobreviví a mi propia adolescencia.

Comentarios

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2 Comentarios

  1. Pepe said:

    Que experiencia mas rica la de vivir con ellos “lo digo por experiencia” te mantienen joven

    Octubre 31, 2016
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    • Mari said:

      Que es una experiencia potente, lo es.
      Una posibilidad es que te mantenga joven convivir con un adolescente, y otra también probable, es que te hagan envejecer de golpe.
      Me alegra mucho saber que optaste por la juventud.
      Cariños

      Noviembre 4, 2016
      Reply

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